domingo, 9 de marzo de 2014

Las torres miradores gaditanas

Uno de los elementos más destacados de la arquitectura gaditana son las torres miradores, que diversos autores han creído ver un influjo del Norte de África, ya que no hay precedentes fuera de la bahía de Cádiz. Estos miradores que ennoblecen el contorno de la villa y producen un efecto de lo más interesante, se popularizaron en el siglo XVIII para vislumbrar la bahía, en espera de localizar la armada procedente de América, e iniciar así todo un lenguaje de señales. Uno de los miradores primigenios lo hizo edificar hacia 1680 el almirante Barrios, en su residencia de la plazuela de San Martín. Diez años más tarde el constructor Pozzolinos establece otro mirador en la calle Cristóbal Colón, en la “Casa de las Cadenas”, también propiedad del mismo almirante. Estos miradores serán herrerianos, con altas pilastras toscanas adosadas, para resaltar la verticalidad.
El siglo de oro gaditano, el de mayor actividad productiva, es también el período en que más proliferan las torres en los inmuebles urbanos de la ciudad. No se imagina una casa de comerciante con Indias falta de este componente. Es esencialmente en estos años cuando se disponen las diferentes tipologías y variantes que la determinan. La maqueta de la ciudad ejecutada por disposición de Carlos III entre los años 1777 y 1779, almacenada en la actualidad en el Museo Histórico de las Cortes y Sitio de Cádiz, nos muestra cómo las azoteas gaditanas se convirtieron en un auténtico bosque de torres, unos 160 miradores aproximadamente. Con posterioridad proliferaron, hasta la prohibición de su construcción por las Ordenanzas Municipales de 1972 (como antes ya se dijo), porque sobrecargaban los edificios y por el temor de nuevos temblores de tierra.
Uno de los aspectos más encantadores de las torres miradores gaditanas es el de su incidencia en el urbanismo. Sin lugar a dudas los comerciantes con Indias no sólo las edifican con un sentido utilitario, sino que son conscientes de su repercusión en el aspecto general de la ciudad. Cuando Fragela escribe al cabildo para requerir la construcción de torres a las cuatro casas que levantaba, no sólo habla de su propósito como sitio de recreo y esparcimiento, sino que llama la atención sobre su incidencia en el embellecimiento del aspecto de la ciudad.
Las torres miradores se habían transformado en uno de los elementos más característicos e interesantes de la arquitectura gaditana. Sin otros precedentes en la arquitectura de la baja Andalucía, Gutiérrez Moreno le atribuía influencias del norte de África. Edificadas para vislumbrar y contactar con la flota comercial que de América atracaba en la bahía se sistematizarán en todo el siglo XVIII. Teodoro Falcón Márquez ha conseguido contar en la maqueta de la ciudad que actualmente se encuentra en el Museo Iconográfico e Histórico de las Cortes y Sitio de Cádiz, construida en 1777, hasta 160 miradores. Generalmente son de dos pisos, sus paredes arrancan directamente de los de la fachada en uno de sus ángulos. Tiene diversas variantes. Se terminan con cúpula, cristalera, o simplemente en azoteílla. Diferentes tipologías de ventanas así como cornisas, más o menos voladas y alabeadas, ornamentos geométricos y la policromía de los materiales daban agilidad y viveza a las torres. Sin embargo por considerarse parte inservible de las construcciones, “destinada al entretenimiento y la curiosidad y no a la comodidad y uso de las casas”, “quitar la luz y la ventilación” y “sobrecargar los edificios y ser terribles sus ruinas en los temblores de tierra y otros tristes acontecimientos…” fueron prohibidas en las ordenanzas de 1792. Lo cual nos expresa que todas las torres actualmente existentes son anteriores, así como la finca, a esta fecha. En las de 1845 la prohibición permanece: “En los edificios particulares no se levantarán torres…”. No obstante se permitirán madera y “…si por su disposición estuvieren a la vista del público desde la calle, plaza o recinto antes de proceder a su construcción se formará un diseño que comprenda su planta, elevación y detalle del corte de sus maderas, el cual se presentará al alcalde para que consultado el arquitecto de la ciudad, y no oponiéndose a las reglas de solidez y ornato público, conceda licencia para su construcción”.
Y así se hará, el arquitecto Juan de la Vega proyectará un pequeño mirador para la calle Tinte en 1849. De madera y forma poligonal, su ocupación es simplemente recreativa. Quien más se especializará en este tipo de encargos será otro constructor, Carlos Requejo. Maestro de obras de gran calidad, se le conocen tres proyectos certificados de torres-miradores. Ajustándose a las ordenanzas, la distribución de las mismas es de madera completándose en el exterior con materiales nobles como hierro o vidrio. El primer proyecto, para don José Huidobro, firmado en 1856, constituye  dos plantas y alzado. De similares características son las que levanta en la calle San José nº  23, en 1858, y en la plaza de Mina nº 10 en 1862. El hecho de que no disfrutemos de demostraciones materiales de estos miradores isabelinos se debe a lo transitorio de las estructuras y su materia prima. El carácter de utilidad que tenía en el siglo XVIII se desaprovecha en función del carácter intimista y divertimento. Serán estas torres-miradores terreno abonado a los achaques goticistas. La bóveda encamonada y los chapiteles abrigados de pizarra y zinc es recurso frecuente en los remates de las mismas.
Los miradores se dividen en dos grandes grupos:
  •        De cúpula: Son los más difundidos. Posiblemente porque su forma sea la más acomodada para su ocupación, ya que desde ella es posible dominar el horizonte, mediante las ventanillas reservadas a los catalejos. Los hay de una y dos plantas, siendo estos los más frecuentes. Ordinariamente son de planta cuadrangular. Es excepcional el ejemplo del mirador de Valverde 15, que es pentagonal irregular. En su mayoría, dos de sus muros son persistencia de los lienzos de la fachada. En la terraza del mirador, y siempre emplazada en el extremo más próximo a la calle, se levanta una pequeña torre, rematada por una cúpula octogonal. Esta torre se comunica por una portezuela con la azotea del mirador. Su decoración es de motivos geométricos y está concebida con polvo de ladrillos en rojo, y con tierra de almagra. La decoración de arabescos suele sobrepasar el campo del mirador y extenderse por el resto de la propia azotea. La policromía aún se subraya más terminando las cúpulas con aderezos de cerámica, como ocurre en el mirador que hemos puesto como ejemplo. Tal vez por su monumentalidad el conjunto más encantador sea la Casa de las Cuatro Torres, en los alrededores de la Plaza de España. En esquema es un cuadrado fraccionado por cuatro patinillos. Las torres se estacionan en los ángulos. Son del tipo de cúpula, con dos plantas. El cuadrado es de 5,20 metros de lado. Cada fachada de éstos representa dos vanos, flanqueados por dos pares de pilastras. Una análoga molduración de los miradores se hace dilatable al resto del edificio.

Una variedad de este conjunto es la Casa de los Cinco Miradores, ubicada en la Plaza de España. Los cinco se hallan en la propia fachada; su discrepancia con los demás radica en que cada cúpula se encuentra emplazada en el centro del mirador, y que están hechas de chapas de zinc, robustecidas con madera. El carácter de grupo de estos miradores se acentúa con las molduras que los ensambla por su base.

  •           De sillón: tiene también sus diferencias, con cúpula, con tejadillo y con cristalera. El mirador de silla es un tipo menos habitual que el de cúpula, y al igual que este suele tener asimismo dos plantas, pero con la discrepancia de que el último tramo de mirador, que en la anterior sería la torre con la cúpula, se transmuta ahora en una humilde continuación de los muros de la mitad de su planta rectangular. Dándole a este método un toque de gracia, la singular forma del muro, hace las veces de contrafuerte, acoplando el escalón desarrollado por la mitad del muro que se ha levantado, y por la otra parte que queda a la altura del antepecho de la azotea del mirador. La particularidad más acusada en este tipo de mirador es la moldura que le engalana en su parte superior, en forma de escocia con medio bocel. Los más atrayentes son los de la Plaza de la Libertad. Este mirador es la síntesis de los dos tradicionales, aunque está falto de muro que hace las veces de contrafuerte en este segundo tipo. El mirador de silla con tejadillo tiene una simple torreta cuadrangular cubierta de tejas. El mirador de silla con cristales es el más reciente; deriva del anterior al ser sucedidos a principios del pasado siglo las tejas por el vidrio.

Destacarán dos singulares miradores de marcado aspecto morisco: En José del Toro 13, y en la calle Valverde. El primero tiene tres pisos y es de sección octogonal, aunque debido a que tiene adosadas columnas en cuatro de las caras de los dos primeros pisos, presenta el aspecto de tener planta cuadrada. Mide 5,30 metros de lado. La escalera de caracol que lleva a la planta superior, compone un volumen aparte, de posterior construcción. Es una arquitectura de ladrillo con abovedamiento sobre trompas. El de la calle Valverde, tiene dos pisos y es de planta cuadrangular, con la característica específica de que sus recodos están biselados. La pequeña torre que se alza en su azotea, responde exclusivamente al propósito de boca de escalera, sin ningún propósito estético.
Lo más interesante de estos dos miradores es su particular ornamento, que recuerda a las torres mudéjares de Aragón, por la mezcla del ladrillo y azulejo. La decoración es a base de diseños geométricos hechos de tierra de almagra, y cuya representación predominante es el rombo. La policromía se ennoblece con agradables azulejerías azules.
  •          De terraza: las torres más antiguas que se conservan en Cádiz pertenecen al edificio levantado por don Diego Barrios en la actual plaza de San Martín. La construcción de estas torres en data del año 1685. Tienen planta cuadrada y se elevan un piso a ambos lados de la fachada principal del edificio. Cada uno de sus frentes tiene un vano rectangular con ménsula en su clave, flanqueado por pilastras pareadas de tipo toscano en cada uno de sus lados, repitiendo la articulación del tercer cuerpo del edificio. Destacan la torre situada en el número 8 de la calle Manuel Rancés, la que hay en el número 5 de la calle Cristóbal Colón, la famosa Torre Tavira ubicada en el palacio de los marqueses de Recaño o en el número 10 de la calle Valverde.

-          De cúpula y sillón: es resultante de una fusión entre los dos anteriores. Con ello se consigue añadir aún más altura al superponer al último cuerpo de la torre de “sillón” una garita en uno de sus extremos, consiguiendo así una terraza alta, a la vez que un punto de mira más resguardado desde la garita y con horizonte más amplio. Esteticamente resulta una superposición excesiva de elementos diferentes, perdiendo la garita la armonía que consigue sobre una terraza normal. Destaca el único ejemplar conservado en el número 12 de José del Toro.
Formadas como uno de los rasgos más característicos y definitorios de la arquitectura gaditana y de su paisaje urbano, las torres miradores, ancladas en una tradición de siglos, van a sufrir un cambio fundamental con la llegada del siglo XIX, llegándose, incluso, a la prohibición, y que afectará tanto a su uso y destino como a su estructura y configuración formal. Perdido su carácter vigilante y de función de enlace entre las casas de los comerciantes y los barcos que provenían de ultramar debido a las guerras y la emancipación de las colonias y frustrado el monopolio mercantil del puerto gaditano se entiende lógico un cambio en el acontecer y adaptación de las mismas a las nuevas situaciones y necesidades. Como en todo tiempo, las torres miradores gozarán en el siglo XIX del favor y la admiración del espectador que hallará en ellas una característica manera de proyectar la arquitectura y configurar el paisaje. El impacto plástico y visual, el esclarecimiento de sus contornos, su bella armonía con el resto de los elementos arquitectónicos y urbanos, su diversidad y riqueza compositiva, su capacidad de persistencia y evolución en el tiempo, su específica y única decoración, ha sido, y lo es hoy, reconocido por los visitantes, estudiosos y naturales las han contemplado. Y así será entendido por los numerosos viajeros, no sólo románticos, sino también de otros periodos y sensibilidades, que a lo largo del siglo visitan la ciudad. En este sentido son varias las referencias gráficas y literarias las que predominan en el motivo, deslizándose entre la realidad, más o menos concreta, y la fabulación imaginaria. Si por una parte son numerosos los grabados del siglo XIX en los que las torres se enaltecen majestuosas, pero indistintas y reiteradas, sobre los bloques de las casas haciendo dificultosa su identificación tampoco hallamos mayor concreción en el apartado literario si bien, éste, nos otorga mayores matices.
Antoine de Latour se refiere a la arquitectura de la ciudad: “Estas atractivas criaturas, repartidas en grupos por los paseos o, descuidadamente, inclinadas en sus balcones o sentadas a la sombra de sus miradores, dan a Cádiz algo oriental, pero de un Oriente libre y cristiano. Las casas, pintadas de alegres colores, y donde estas huríes de España se resguardan de los rayos de un sol demasiado vivo, tienen un aire de fiesta permanente. La mayoría de ellas acaban en una azotea donde se levanta un pequeño mirador. A él subía, en otros tiempos, el comerciante impaciente para descubrir a lo lejos sus naves que regresaban de América; pero hoy día ya no es la esperanza la que sube los escalones sino la nostalgia de un pasado perdido para siempre”.
El ilustre José María Blanco White expondrá: “Es una belleza impresionante la vista que ofrece Cádiz desde el mar (…). Cuando se empieza a vislumbrar desde lejos los altos miradores y los altos pináculos de cerámica vidriada, parecida a la China, que adornan los pretiles de las azoteas, estas aéreas estructuras, fundiéndose a veces con el lejano brillo de las olas, se produce el efecto de una ilusión mágica.
Edmondo de Amicis comentará en su obra: “Cádiz parece una isla de yeso. Es una gran mancha blanca en medio del mar sin una sombra oscura, sin un punto negro, una mancha blanca tersa y purísima (…).Cádiz es la ciudad más blanca del mundo (…). Tenía una carta de recomendación para nuestro cónsul, fui a llevársela y me condujeron hasta él, que se encontraba en lo alto de una torre desde donde se podía abrazar con una mirada toda la ciudad. Fue una nueva y viva maravilla. Cádiz vista desde lo alto, es blanca, toda blanca y purísimamente blanca como se ve desde el mar. En toda la ciudad no se ve un techo, cada casa esta cerrada por arriba por una azotea rodeada por un parapeto blanqueado, casi en cada azotea se alza una torrecita, también blanca, coronada por otra azotea, o una pequeña cúpula, o una especie de caseta del centinela (…). Cada casa parece construida para ser usada como un observatorio astronómico”.
Es difícil saber en qué instante se inicia la costumbre de elevar torres miradores en la localidad de Cádiz. La total hecatombe de la urbe tras el saqueo anglo-holandés de 1596 no admite rastrear vestigio anterior alguno, tratándose ya de un fenómeno de la Edad Moderna y siglo XVII en adelante. Pese a las particularidades geográficas y arquitectónicas de la ciudad, el auténtico balcón a la brisa y a la mar, y el carácter de plaza fuerte amurallada, es la actividad comercial del puerto, desde el mismo siglo XVII, con superioridad ya sobre otros puertos de la Bahía y la misma Sevilla, la que promueva y prodigue su proceso constructivo. El trasladado de la Casa de Contratación de Sevilla a Cádiz en 1717, y con ello del monopolio del tráfico con las Indias, se corresponderá con su edad de oro, siglo XVIII, y levantamiento del mayor número de ellas. Existían pues 126 torres, de mampostería en los siglos XVII y XVIII. El estudio de estas nuevas atalayas a lo largo del XIX ayuda no sólo al buen y mejor entendimiento del asunto sino que también constituye un merecido y cabal epílogo.
Las Ordenanzas Municipales de la Ciudad de Cádiz de 1792 estaban fundadas en las disposiciones de la Real Orden de 25 de noviembre de 1777 cuyas líneas habían sido impuestas anticipadamente por la Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid.
Durante la primera mitad del siglo XIX persistirán vigentes en la ciudad y su principal contribución vendrá dada por trasladar definitivamente los esquemas y elementos del barroco y dar entrada a los del neoclasicismo. La intitulación Ordenanza de Policía “que previene todo lo que se debe observar en la fábrica y construcción de los edificios. Obligaciones del Maestro Mayor y Alarifes, y lo que se ha de practicar con los que se reciben de Maestros de Obra de Albañilería” compone una completa investigación de todo cuanto sucede a la construcción en la metrópoli. Dividido en doce artículos, el Orden de Policía establece la exigencia de formar “el plano y alzado”, a escala y rubricado por el dueño y maestro de obra, “de cuantas casas vayan a labrarse o reedificarse”. El plano debe servir “para arreglar la tirantez de su frente, enmendar los defectos de las calles, pues deben ir quitando los rincones que se advierten en ellas”. En el alzado “se reconocerá su altura: proporción de cuerpos, y demás miembros del edificio, vuelo de balcones y cornisas, situación de huecos, dimensiones de estas, y en la proporción que guardan con las macizas; así como todos los adornos, que forman la fachada o frente”. El Ayuntamiento dará pie a su asentimiento por medio del Arquitecto Mayor a la vez que se quedará con un duplicado del alzado para archivo. Los edificios públicos, tanto religiosos como civiles, deberán contar con la consentimiento de una Academia Provincial y el conocimiento de la de San Fernando madrileña.
Las torres miradores, que formaban uno de los elementos más concretos del panorama urbano gaditano, quedan claramente suprimidas al considerarse “parte inútil de los edificios, destinada al entretenimiento y la curiosidad y no a la comodidad y uso de las casas” añadiéndose que “producen varios perjuicios al público, pues quitan la luz y la ventilación; hacen sombrías las calles; maltratan y sobrecargan los edificios; y son terribles sus ruinas en los temblores de tierra, y otros tristes acontecimientos a que está expuesta esta ciudad”. Son conocidos los efectos nocivos que sobre la localidad tuvieron el huracán de 1718 o el conocido maremoto de 1755.
Según algunas ordenanzas de la época, como Ordenanzas Municipales de la Ciudad de Cádiz de 1792, donde se disponía que durante la primera mitad del siglo XIX se desplazaría finalmente los esquemas y elementos barrocos y dar entradas a los del neoclasicismo. Las Ordenanzas de 1845, articulada en seis Títulos con sus respectivos capítulos, especificaban las funciones del Arquitecto Mayor de Ciudad, no diferenciándose de las que ya se confiaban en las anteriormente dichas. Perdido el carácter natural y práctico de las torres miradores gaditanas y al amparo de la nueva legislación vigente serán varias actuaciones que de las mismas hallamos a lo largo del siglo XIX. Si bien es cierto que construirían nuevos miradores de madera y cristal, como se indicaba en las Ordenanzas de 1845, en otros casos se reformarán torres antiguas, conservando algunas de sus partes y ornamentación, y adaptándose a las nuevas condiciones. Se debería hacer una reflexión teórica acerca de las nuevas torres miradores y que en contradicción con sus propios orígenes y características, muy propio de las etapas terminales, pueden explicar mejor su evolución y consumación. La normativa de 1845 consagraba la liviandad y ligereza de materiales. La orfandad y desolación ante los agentes externos que su situación les provocaba. El uso de la piedra y el ladrillo abundaba en su sobrepeso y consistencia, frente a las nuevas armaduras y cerramientos acristalados, ingrávidos y transparentes. Por el contrario, la nueva naturaleza conducirá a un permanente esfuerzo de mantenimiento y renovación de los materiales y con el tiempo, al abandono y la pérdida del motivo, consagrando su principal talante, lo efímero. Otra diferencia se dará por la situación que la torre ocupa en el interior del edificio. Si en los casos que ya analizamos anteriormente se sitúan en los ángulos, cuyo apoyo estaba en los muros maestros, las levantadas bajo la nueva legislación van a buscar la privacidad del interior o trasera, alejada de la visión de los viandantes, siendo la idea un disfrute íntimo, y formando parte del complemento mobiliario doméstico, haciendo de kiosco o cenador. La última consideración la encontramos en el repertorio o programa decorativo que se aplicó al motivo. La alternativa viene dada por la propia calidad de los nuevos materiales. Frente al macizo, el enfoscado y la almagra, los armazones de madera, pintados de blanco, la claridad de los vidrios y el gris de la pizarra, con el que se revestían las cubiertas y los remates, dejarán poco espacio para los añadidos o la superposición de elementos, así como la policromía intencionada a favor de la silueta y el contraste, coloración y calidades, de los cuerpos con el de los fondos urbano y celestial. Es aquí donde mejor podemos apreciar el brío, tanto ornamental como integrador, de esta arquitectura. En el caso gaditano, se hace dificultoso distanciar cronológicamente del eclecticismo historicista y otros movimientos de finales de siglo y transición al XX. Identificamos la culminación romántica con obras de marcado acento goticista y de otros estilos medievales, pero el eclecticismo decimonónico pondrá su mirada en otros periodos pasados del arte. Sus fuentes serán el renacimiento, el manierismo y algunos elementos de la tradición barroca española, por citar las más cercanas en el tiempo.
Destacan las casas situadas en los números cinco a nueve de la plaza de España, conocidas como “casa de las cinco torres” despliegan sus fachadas idénticas en un amplio frente paralelo a la desaparecida muralla, que allí hacía un entrante en “U” lo cual enriquecía enormemente los puntos de vista de los edificios. También ofrecían una visión de primera línea para los que las contemplaban desde el mar o el puerto. Por último el conjunto conocido por “casa de las cuatro torres” es sin lugar a dudas el más logrado y el que alcanza mayor monumentalidad. En esta ocasión no es que el contexto urbano ofrezca unas posibilidades que se sepan aprovechar, sino que la perspectiva se consigue al proyectar los edificios, renunciando a construir en todo el solar disponible y dejando un espacio libre frente al desaparecido cuartel de San Felipe.
El primer proyecto de torre mirador ajustado a la nueva normativa se corresponde con una idea del arquitecto Juan de la Vega, fechado en diciembre de 1849. Aprobados los planos por el maestro de obras Pascual Olivares, que actuaba como Arquitecto Mayor de Ciudad interino, se puede observar en el proyecto la planta y el alzado, aunque no la estructura interior y el corte de las maderas como prevenía las Ordenanzas. De Juan de la Vega será también la reforma de la finca de la plaza de Mina número 18, esquina a la calle Enrique de las Marinas. En el proyecto original no hay ni rastro de torres mirador, pero hoy día podemos ver una integrada en el edificio. Iniciadas las obras en julio de 1852, bajo supervisión del propio arquitecto, que se trataba de adaptar una anterior construcción a su nuevo y acaudalado propietario, Juan de Urtétegui. Con planta baja, entresuelo, principal y piso alto la finca divide tres hileras de vanos en la fachada más distinguida, que da a la plaza, y cinco a la calle adyacente. Garbosas pilastras adosadas ordenan los paramentos brindando un original pórtico abierto con doble altura y puerta de acceso retranqueada hacia el interior, comunicando  con el patio. En una de sus esquinas y parte trasera se elevan bloques rectangulares con amplias molduras lisas y revestimiento de azulejos amarillos sobre los que se emplaza un nuevo cuerpo rectangular, más pequeño, y grandes ventanales en todos sus lados con estructura y cubierta a dos aguas de madera. Así, el orden y claridad de los espacios destacan sobre cualquier otra licencia ornamental o estilística. Reformada actualmente ha dejado ver la inconstancia de sus materiales.
Siguiendo con mayor minuciosidad las Ordenanzas Municipales de 1845, Carlos Requejo alzará en 1851 una torre mirador de estructura de madera para una casa emplazada en la calle de la Torre, número 20 (actualmente es el 1). Sobre una construcción anterior y partiendo del propio cuerpo de escaleras que da a la azotea establece un primer cubo, con huecos a cada lado, con ventanas y puertas, y un segundo, también cuadrado, cubierto de cristaleras y cubierta a cuatro aguas, rematado por una veleta. Una barandilla de metal corona la parte superior del segundo cuerpo de escalera dando paso a una terraza a la que se accede desde el primer piso de la torre. Una escalera exterior de la madera conecta la azotea con dicho piso y otra, interior y también de madera al segundo o mirador acristalado. En la actualidad se encuentra en ruinas, conservando solo el bloque de escaleras donde se asentaba. Otra torre mirador realizada por Carlos Requejo fue la que realizó en 1858 para Manuel Ortíz Uruela, en su vivienda de la calle San José número 23, esquina con la calle Cervantes. También sobre una construcción del siglo XVIII, alza un cuerpo cúbico de planta rectangular sobre el que arma una estructura abierta con dilatados ventanales acristalados y cubierta a cuatro aguas rematada por sendos pináculos, que son altos y trapezoidales. Su trazado es espacioso y regular, el salón superior se establece en un refugio luminoso, diáfano y de agradables vistas.