Uno
de los elementos más destacados de la arquitectura gaditana son las torres
miradores, que diversos autores han creído ver un influjo del Norte de África,
ya que no hay precedentes fuera de la bahía de Cádiz. Estos miradores que
ennoblecen el contorno de la villa y producen un efecto de lo más interesante,
se popularizaron en el siglo XVIII para vislumbrar la bahía, en espera de
localizar la armada procedente de América, e iniciar así todo un lenguaje de
señales. Uno de los miradores primigenios lo hizo edificar hacia 1680 el
almirante Barrios, en su residencia de la plazuela de San Martín. Diez años más
tarde el constructor Pozzolinos establece otro mirador en la calle Cristóbal
Colón, en la “Casa de las Cadenas”, también propiedad del mismo almirante.
Estos miradores serán herrerianos, con altas pilastras toscanas adosadas, para
resaltar la verticalidad.
El
siglo de oro gaditano, el de mayor actividad productiva, es también el período
en que más proliferan las torres en los inmuebles urbanos de la ciudad. No se imagina
una casa de comerciante con Indias falta de este componente. Es esencialmente
en estos años cuando se disponen las diferentes tipologías y variantes que la determinan.
La maqueta de la ciudad ejecutada por disposición de Carlos III entre los años
1777 y 1779, almacenada en la actualidad en el Museo Histórico de las Cortes y
Sitio de Cádiz, nos muestra cómo las azoteas gaditanas se convirtieron en un
auténtico bosque de torres, unos 160 miradores aproximadamente. Con
posterioridad proliferaron, hasta la prohibición de su construcción por las
Ordenanzas Municipales de 1972 (como antes ya se dijo), porque sobrecargaban
los edificios y por el temor de nuevos temblores de tierra.
Uno
de los aspectos más encantadores de las torres miradores gaditanas es el de su
incidencia en el urbanismo. Sin lugar a dudas los comerciantes con Indias no
sólo las edifican con un sentido utilitario, sino que son conscientes de su
repercusión en el aspecto general de la ciudad. Cuando Fragela escribe al
cabildo para requerir la construcción de torres a las cuatro casas que
levantaba, no sólo habla de su propósito como sitio de recreo y esparcimiento,
sino que llama la atención sobre su incidencia en el embellecimiento del
aspecto de la ciudad.
Las
torres miradores se habían transformado en uno de los elementos más
característicos e interesantes de la arquitectura gaditana. Sin otros
precedentes en la arquitectura de la baja Andalucía, Gutiérrez Moreno le
atribuía influencias del norte de África. Edificadas para vislumbrar y
contactar con la flota comercial que de América atracaba en la bahía se
sistematizarán en todo el siglo XVIII. Teodoro Falcón Márquez ha conseguido
contar en la maqueta de la ciudad que actualmente se encuentra en el Museo
Iconográfico e Histórico de las Cortes y Sitio de Cádiz, construida en 1777,
hasta 160 miradores. Generalmente son de dos pisos, sus paredes arrancan
directamente de los de la fachada en uno de sus ángulos. Tiene diversas
variantes. Se terminan con cúpula, cristalera, o simplemente en azoteílla.
Diferentes tipologías de ventanas así como cornisas, más o menos voladas y
alabeadas, ornamentos geométricos y la policromía de los materiales daban
agilidad y viveza a las torres. Sin embargo por considerarse parte inservible
de las construcciones, “destinada al
entretenimiento y la curiosidad y no a la comodidad y uso de las casas”, “quitar la luz y la ventilación” y “sobrecargar los edificios y ser terribles
sus ruinas en los temblores de tierra y otros tristes acontecimientos…”
fueron prohibidas en las ordenanzas de 1792. Lo cual nos expresa que todas las
torres actualmente existentes son anteriores, así como la finca, a esta fecha.
En las de 1845 la prohibición permanece: “En
los edificios particulares no se levantarán torres…”. No obstante se
permitirán madera y “…si por su
disposición estuvieren a la vista del público desde la calle, plaza o recinto antes
de proceder a su construcción se formará un diseño que comprenda su planta,
elevación y detalle del corte de sus maderas, el cual se presentará al alcalde
para que consultado el arquitecto de la ciudad, y no oponiéndose a las reglas
de solidez y ornato público, conceda licencia para su construcción”.
Y
así se hará, el arquitecto Juan de la Vega proyectará un pequeño mirador para
la calle Tinte en 1849. De madera y forma poligonal, su ocupación es
simplemente recreativa. Quien más se especializará en este tipo de encargos
será otro constructor, Carlos Requejo. Maestro de obras de gran calidad, se le
conocen tres proyectos certificados de torres-miradores. Ajustándose a las
ordenanzas, la distribución de las mismas es de madera completándose en el
exterior con materiales nobles como hierro o vidrio. El primer proyecto, para
don José Huidobro, firmado en 1856, constituye
dos plantas y alzado. De similares características son las que levanta
en la calle San José nº 23, en 1858, y
en la plaza de Mina nº 10 en 1862. El hecho de que no disfrutemos de demostraciones
materiales de estos miradores isabelinos se debe a lo transitorio de las
estructuras y su materia prima. El carácter de utilidad que tenía en el siglo
XVIII se desaprovecha en función del carácter intimista y divertimento. Serán
estas torres-miradores terreno abonado a los achaques goticistas. La bóveda
encamonada y los chapiteles abrigados de pizarra y zinc es recurso frecuente en
los remates de las mismas.
Los
miradores se dividen en dos grandes grupos:
- De cúpula: Son los más difundidos. Posiblemente porque su forma sea la más acomodada para su ocupación, ya que desde ella es posible dominar el horizonte, mediante las ventanillas reservadas a los catalejos. Los hay de una y dos plantas, siendo estos los más frecuentes. Ordinariamente son de planta cuadrangular. Es excepcional el ejemplo del mirador de Valverde 15, que es pentagonal irregular. En su mayoría, dos de sus muros son persistencia de los lienzos de la fachada. En la terraza del mirador, y siempre emplazada en el extremo más próximo a la calle, se levanta una pequeña torre, rematada por una cúpula octogonal. Esta torre se comunica por una portezuela con la azotea del mirador. Su decoración es de motivos geométricos y está concebida con polvo de ladrillos en rojo, y con tierra de almagra. La decoración de arabescos suele sobrepasar el campo del mirador y extenderse por el resto de la propia azotea. La policromía aún se subraya más terminando las cúpulas con aderezos de cerámica, como ocurre en el mirador que hemos puesto como ejemplo. Tal vez por su monumentalidad el conjunto más encantador sea la Casa de las Cuatro Torres, en los alrededores de la Plaza de España. En esquema es un cuadrado fraccionado por cuatro patinillos. Las torres se estacionan en los ángulos. Son del tipo de cúpula, con dos plantas. El cuadrado es de 5,20 metros de lado. Cada fachada de éstos representa dos vanos, flanqueados por dos pares de pilastras. Una análoga molduración de los miradores se hace dilatable al resto del edificio.
Una
variedad de este conjunto es la Casa de los Cinco Miradores, ubicada en la
Plaza de España. Los cinco se hallan en la propia fachada; su discrepancia con
los demás radica en que cada cúpula se encuentra emplazada en el centro del
mirador, y que están hechas de chapas de zinc, robustecidas con madera. El
carácter de grupo de estos miradores se acentúa con las molduras que los
ensambla por su base.
- De sillón: tiene también sus diferencias, con cúpula, con tejadillo y con cristalera. El mirador de silla es un tipo menos habitual que el de cúpula, y al igual que este suele tener asimismo dos plantas, pero con la discrepancia de que el último tramo de mirador, que en la anterior sería la torre con la cúpula, se transmuta ahora en una humilde continuación de los muros de la mitad de su planta rectangular. Dándole a este método un toque de gracia, la singular forma del muro, hace las veces de contrafuerte, acoplando el escalón desarrollado por la mitad del muro que se ha levantado, y por la otra parte que queda a la altura del antepecho de la azotea del mirador. La particularidad más acusada en este tipo de mirador es la moldura que le engalana en su parte superior, en forma de escocia con medio bocel. Los más atrayentes son los de la Plaza de la Libertad. Este mirador es la síntesis de los dos tradicionales, aunque está falto de muro que hace las veces de contrafuerte en este segundo tipo. El mirador de silla con tejadillo tiene una simple torreta cuadrangular cubierta de tejas. El mirador de silla con cristales es el más reciente; deriva del anterior al ser sucedidos a principios del pasado siglo las tejas por el vidrio.
Destacarán
dos singulares miradores de marcado aspecto morisco: En José del Toro 13, y en
la calle Valverde. El primero tiene tres pisos y es de sección octogonal,
aunque debido a que tiene adosadas columnas en cuatro de las caras de los dos
primeros pisos, presenta el aspecto de tener planta cuadrada. Mide 5,30 metros
de lado. La escalera de caracol que lleva a la planta superior, compone un
volumen aparte, de posterior construcción. Es una arquitectura de ladrillo con
abovedamiento sobre trompas. El de la calle Valverde, tiene dos pisos y es de
planta cuadrangular, con la característica específica de que sus recodos están
biselados. La pequeña torre que se alza en su azotea, responde exclusivamente
al propósito de boca de escalera, sin ningún propósito estético.
Lo
más interesante de estos dos miradores es su particular ornamento, que recuerda
a las torres mudéjares de Aragón, por la mezcla del ladrillo y azulejo. La
decoración es a base de diseños geométricos hechos de tierra de almagra, y cuya
representación predominante es el rombo. La policromía se ennoblece con
agradables azulejerías azules.
- De terraza: las torres más antiguas que se conservan en Cádiz pertenecen al edificio levantado por don Diego Barrios en la actual plaza de San Martín. La construcción de estas torres en data del año 1685. Tienen planta cuadrada y se elevan un piso a ambos lados de la fachada principal del edificio. Cada uno de sus frentes tiene un vano rectangular con ménsula en su clave, flanqueado por pilastras pareadas de tipo toscano en cada uno de sus lados, repitiendo la articulación del tercer cuerpo del edificio. Destacan la torre situada en el número 8 de la calle Manuel Rancés, la que hay en el número 5 de la calle Cristóbal Colón, la famosa Torre Tavira ubicada en el palacio de los marqueses de Recaño o en el número 10 de la calle Valverde.
-
De cúpula y sillón: es resultante de una
fusión entre los dos anteriores. Con ello se consigue añadir aún más altura al
superponer al último cuerpo de la torre de “sillón” una garita en uno de sus
extremos, consiguiendo así una terraza alta, a la vez que un punto de mira más
resguardado desde la garita y con horizonte más amplio. Esteticamente resulta
una superposición excesiva de elementos diferentes, perdiendo la garita la
armonía que consigue sobre una terraza normal. Destaca el único ejemplar
conservado en el número 12 de José del Toro.
Formadas
como uno de los rasgos más característicos y definitorios de la arquitectura
gaditana y de su paisaje urbano, las torres miradores, ancladas en una
tradición de siglos, van a sufrir un cambio fundamental con la llegada del
siglo XIX, llegándose, incluso, a la prohibición, y que afectará tanto a su uso
y destino como a su estructura y configuración formal. Perdido su carácter
vigilante y de función de enlace entre las casas de los comerciantes y los
barcos que provenían de ultramar debido a las guerras y la emancipación de las
colonias y frustrado el monopolio mercantil del puerto gaditano se entiende
lógico un cambio en el acontecer y adaptación de las mismas a las nuevas
situaciones y necesidades. Como en todo tiempo, las torres miradores gozarán en
el siglo XIX del favor y la admiración del espectador que hallará en ellas una
característica manera de proyectar la arquitectura y configurar el paisaje. El
impacto plástico y visual, el esclarecimiento de sus contornos, su bella
armonía con el resto de los elementos arquitectónicos y urbanos, su diversidad
y riqueza compositiva, su capacidad de persistencia y evolución en el tiempo,
su específica y única decoración, ha sido, y lo es hoy, reconocido por los
visitantes, estudiosos y naturales las han contemplado. Y así será entendido
por los numerosos viajeros, no sólo románticos, sino también de otros periodos
y sensibilidades, que a lo largo del siglo visitan la ciudad. En este sentido
son varias las referencias gráficas y literarias las que predominan en el
motivo, deslizándose entre la realidad, más o menos concreta, y la fabulación
imaginaria. Si por una parte son numerosos los grabados del siglo XIX en los
que las torres se enaltecen majestuosas, pero indistintas y reiteradas, sobre
los bloques de las casas haciendo dificultosa su identificación tampoco
hallamos mayor concreción en el apartado literario si bien, éste, nos otorga
mayores matices.
Antoine
de Latour se refiere a la arquitectura de la ciudad: “Estas atractivas criaturas, repartidas en grupos por los paseos o,
descuidadamente, inclinadas en sus balcones o sentadas a la sombra de sus
miradores, dan a Cádiz algo oriental, pero de un Oriente libre y cristiano. Las
casas, pintadas de alegres colores, y donde estas huríes de España se resguardan
de los rayos de un sol demasiado vivo, tienen un aire de fiesta permanente. La
mayoría de ellas acaban en una azotea donde se levanta un pequeño mirador. A él
subía, en otros tiempos, el comerciante impaciente para descubrir a lo lejos
sus naves que regresaban de América; pero hoy día ya no es la esperanza la que
sube los escalones sino la nostalgia de un pasado perdido para siempre”.
El
ilustre José María Blanco White expondrá: “Es
una belleza impresionante la vista que ofrece Cádiz desde el mar (…). Cuando se
empieza a vislumbrar desde lejos los altos miradores y los altos pináculos de
cerámica vidriada, parecida a la China, que adornan los pretiles de las
azoteas, estas aéreas estructuras, fundiéndose a veces con el lejano brillo de
las olas, se produce el efecto de una ilusión mágica.”
Edmondo
de Amicis comentará en su obra: “Cádiz
parece una isla de yeso. Es una gran mancha blanca en medio del mar sin una
sombra oscura, sin un punto negro, una mancha blanca tersa y purísima (…).Cádiz
es la ciudad más blanca del mundo (…). Tenía una carta de recomendación para
nuestro cónsul, fui a llevársela y me condujeron hasta él, que se encontraba en
lo alto de una torre desde donde se podía abrazar con una mirada toda la
ciudad. Fue una nueva y viva maravilla. Cádiz vista desde lo alto, es blanca,
toda blanca y purísimamente blanca como se ve desde el mar. En toda la ciudad
no se ve un techo, cada casa esta cerrada por arriba por una azotea rodeada por
un parapeto blanqueado, casi en cada azotea se alza una torrecita, también
blanca, coronada por otra azotea, o una pequeña cúpula, o una especie de caseta
del centinela (…). Cada casa parece construida para ser usada como un
observatorio astronómico”.
Es
difícil saber en qué instante se inicia la costumbre de elevar torres miradores
en la localidad de Cádiz. La total hecatombe de la urbe tras el saqueo anglo-holandés
de 1596 no admite rastrear vestigio anterior alguno, tratándose ya de un
fenómeno de la Edad Moderna y siglo XVII en adelante. Pese a las
particularidades geográficas y arquitectónicas de la ciudad, el auténtico
balcón a la brisa y a la mar, y el carácter de plaza fuerte amurallada, es la
actividad comercial del puerto, desde el mismo siglo XVII, con superioridad ya
sobre otros puertos de la Bahía y la misma Sevilla, la que promueva y prodigue
su proceso constructivo. El trasladado de la Casa de Contratación de Sevilla a
Cádiz en 1717, y con ello del monopolio del tráfico con las Indias, se
corresponderá con su edad de oro, siglo XVIII, y levantamiento del mayor número
de ellas. Existían pues 126 torres, de mampostería en los siglos XVII y XVIII.
El estudio de estas nuevas atalayas a lo largo del XIX ayuda no sólo al buen y
mejor entendimiento del asunto sino que también constituye un merecido y cabal
epílogo.
Las
Ordenanzas Municipales de la Ciudad de Cádiz de 1792 estaban fundadas en las
disposiciones de la Real Orden de 25 de noviembre de 1777 cuyas líneas habían
sido impuestas anticipadamente por la Academia de Bellas Artes de San Fernando
de Madrid.
Durante
la primera mitad del siglo XIX persistirán vigentes en la ciudad y su principal
contribución vendrá dada por trasladar definitivamente los esquemas y elementos
del barroco y dar entrada a los del neoclasicismo. La intitulación Ordenanza de
Policía “que previene todo lo que se debe
observar en la fábrica y construcción de los edificios. Obligaciones del
Maestro Mayor y Alarifes, y lo que se ha de practicar con los que se reciben de
Maestros de Obra de Albañilería” compone una completa investigación de todo
cuanto sucede a la construcción en la metrópoli. Dividido en doce artículos, el
Orden de Policía establece la exigencia de formar “el plano y alzado”, a escala
y rubricado por el dueño y maestro de obra, “de cuantas casas vayan a labrarse o reedificarse”. El plano debe
servir “para arreglar la tirantez de su
frente, enmendar los defectos de las calles, pues deben ir quitando los
rincones que se advierten en ellas”. En el alzado “se reconocerá su altura: proporción de cuerpos, y demás miembros del
edificio, vuelo de balcones y cornisas, situación de huecos, dimensiones de
estas, y en la proporción que guardan con las macizas; así como todos los
adornos, que forman la fachada o frente”. El Ayuntamiento dará pie a su
asentimiento por medio del Arquitecto Mayor a la vez que se quedará con un
duplicado del alzado para archivo. Los edificios públicos, tanto religiosos
como civiles, deberán contar con la consentimiento de una Academia Provincial y
el conocimiento de la de San Fernando madrileña.
Las
torres miradores, que formaban uno de los elementos más concretos del panorama
urbano gaditano, quedan claramente suprimidas al considerarse “parte inútil de los edificios, destinada al
entretenimiento y la curiosidad y no a la comodidad y uso de las casas”
añadiéndose que “producen varios
perjuicios al público, pues quitan la luz y la ventilación; hacen sombrías las
calles; maltratan y sobrecargan los edificios; y son terribles sus ruinas en
los temblores de tierra, y otros tristes acontecimientos a que está expuesta
esta ciudad”. Son conocidos los efectos nocivos que sobre la localidad
tuvieron el huracán de 1718 o el conocido maremoto de 1755.
Según
algunas ordenanzas de la época, como Ordenanzas Municipales de la Ciudad de
Cádiz de 1792, donde se disponía que durante la primera mitad del siglo XIX se
desplazaría finalmente los esquemas y elementos barrocos y dar entradas a los
del neoclasicismo. Las Ordenanzas de 1845, articulada en seis Títulos con sus
respectivos capítulos, especificaban las funciones del Arquitecto Mayor de
Ciudad, no diferenciándose de las que ya se confiaban en las anteriormente
dichas. Perdido el carácter natural y práctico de las torres miradores
gaditanas y al amparo de la nueva legislación vigente serán varias actuaciones
que de las mismas hallamos a lo largo del siglo XIX. Si bien es cierto que
construirían nuevos miradores de madera y cristal, como se indicaba en las
Ordenanzas de 1845, en otros casos se reformarán torres antiguas, conservando
algunas de sus partes y ornamentación, y adaptándose a las nuevas condiciones.
Se debería hacer una reflexión teórica acerca de las nuevas torres miradores y
que en contradicción con sus propios orígenes y características, muy propio de
las etapas terminales, pueden explicar mejor su evolución y consumación. La
normativa de 1845 consagraba la liviandad y ligereza de materiales. La orfandad
y desolación ante los agentes externos que su situación les provocaba. El uso
de la piedra y el ladrillo abundaba en su sobrepeso y consistencia, frente a
las nuevas armaduras y cerramientos acristalados, ingrávidos y transparentes.
Por el contrario, la nueva naturaleza conducirá a un permanente esfuerzo de
mantenimiento y renovación de los materiales y con el tiempo, al abandono y la
pérdida del motivo, consagrando su principal talante, lo efímero. Otra
diferencia se dará por la situación que la torre ocupa en el interior del
edificio. Si en los casos que ya analizamos anteriormente se sitúan en los
ángulos, cuyo apoyo estaba en los muros maestros, las levantadas bajo la nueva
legislación van a buscar la privacidad del interior o trasera, alejada de la
visión de los viandantes, siendo la idea un disfrute íntimo, y formando parte
del complemento mobiliario doméstico, haciendo de kiosco o cenador. La última
consideración la encontramos en el repertorio o programa decorativo que se
aplicó al motivo. La alternativa viene dada por la propia calidad de los nuevos
materiales. Frente al macizo, el enfoscado y la almagra, los armazones de
madera, pintados de blanco, la claridad de los vidrios y el gris de la pizarra,
con el que se revestían las cubiertas y los remates, dejarán poco espacio para
los añadidos o la superposición de elementos, así como la policromía
intencionada a favor de la silueta y el contraste, coloración y calidades, de
los cuerpos con el de los fondos urbano y celestial. Es aquí donde mejor
podemos apreciar el brío, tanto ornamental como integrador, de esta
arquitectura. En el caso gaditano, se hace dificultoso distanciar
cronológicamente del eclecticismo historicista y otros movimientos de finales
de siglo y transición al XX. Identificamos la culminación romántica con obras
de marcado acento goticista y de otros estilos medievales, pero el eclecticismo
decimonónico pondrá su mirada en otros periodos pasados del arte. Sus fuentes
serán el renacimiento, el manierismo y algunos elementos de la tradición
barroca española, por citar las más cercanas en el tiempo.
Destacan
las casas situadas en los números cinco a nueve de la plaza de España,
conocidas como “casa de las cinco torres” despliegan sus fachadas idénticas en
un amplio frente paralelo a la desaparecida muralla, que allí hacía un entrante
en “U” lo cual enriquecía enormemente los puntos de vista de los edificios.
También ofrecían una visión de primera línea para los que las contemplaban
desde el mar o el puerto. Por último el conjunto conocido por “casa de las
cuatro torres” es sin lugar a dudas el más logrado y el que alcanza mayor
monumentalidad. En esta ocasión no es que el contexto urbano ofrezca unas
posibilidades que se sepan aprovechar, sino que la perspectiva se consigue al
proyectar los edificios, renunciando a construir en todo el solar disponible y
dejando un espacio libre frente al desaparecido cuartel de San Felipe.
El
primer proyecto de torre mirador ajustado a la nueva normativa se corresponde
con una idea del arquitecto Juan de la Vega, fechado en diciembre de 1849.
Aprobados los planos por el maestro de obras Pascual Olivares, que actuaba como
Arquitecto Mayor de Ciudad interino, se puede observar en el proyecto la planta
y el alzado, aunque no la estructura interior y el corte de las maderas como
prevenía las Ordenanzas. De Juan de la Vega será también la reforma de la finca
de la plaza de Mina número 18, esquina a la calle Enrique de las Marinas. En el
proyecto original no hay ni rastro de torres mirador, pero hoy día podemos ver
una integrada en el edificio. Iniciadas las obras en julio de 1852, bajo
supervisión del propio arquitecto, que se trataba de adaptar una anterior
construcción a su nuevo y acaudalado propietario, Juan de Urtétegui. Con planta
baja, entresuelo, principal y piso alto la finca divide tres hileras de vanos
en la fachada más distinguida, que da a la plaza, y cinco a la calle adyacente.
Garbosas pilastras adosadas ordenan los paramentos brindando un original
pórtico abierto con doble altura y puerta de acceso retranqueada hacia el
interior, comunicando con el patio. En
una de sus esquinas y parte trasera se elevan bloques rectangulares con amplias
molduras lisas y revestimiento de azulejos amarillos sobre los que se emplaza
un nuevo cuerpo rectangular, más pequeño, y grandes ventanales en todos sus
lados con estructura y cubierta a dos aguas de madera. Así, el orden y claridad
de los espacios destacan sobre cualquier otra licencia ornamental o
estilística. Reformada actualmente ha dejado ver la inconstancia de sus
materiales.
Siguiendo con mayor
minuciosidad las Ordenanzas Municipales de 1845, Carlos Requejo alzará en 1851
una torre mirador de estructura de madera para una casa emplazada en la calle
de la Torre, número 20 (actualmente es el 1). Sobre una construcción anterior y
partiendo del propio cuerpo de escaleras que da a la azotea establece un primer
cubo, con huecos a cada lado, con ventanas y puertas, y un segundo, también
cuadrado, cubierto de cristaleras y cubierta a cuatro aguas, rematado por una
veleta. Una barandilla de metal corona la parte superior del segundo cuerpo de
escalera dando paso a una terraza a la que se accede desde el primer piso de la
torre. Una escalera exterior de la madera conecta la azotea con dicho piso y
otra, interior y también de madera al segundo o mirador acristalado. En la
actualidad se encuentra en ruinas, conservando solo el bloque de escaleras
donde se asentaba. Otra torre mirador realizada por Carlos Requejo fue la que
realizó en 1858 para Manuel Ortíz Uruela, en su vivienda de la calle San José
número 23, esquina con la calle Cervantes. También sobre una construcción del
siglo XVIII, alza un cuerpo cúbico de planta rectangular sobre el que arma una
estructura abierta con dilatados ventanales acristalados y cubierta a cuatro
aguas rematada por sendos pináculos, que son altos y trapezoidales. Su trazado
es espacioso y regular, el salón superior se establece en un refugio luminoso, diáfano
y de agradables vistas.
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